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Con más de diez años a sus espaldas,
el establecimiento que regenta Manuel Berbegal se ha convertido
en uno de los más emblemáticos de Zaragoza. Ubicado
en un precioso chalet en las afueras de la ciudad, rodeado de jardines,
sus remozadas instalaciones le permiten ofrecer al cliente una comodidad
en la que ni el tiempo ni el espacio le apuran para disfrutar de
la mesa.

Aunque su nombre pareciera indicar una orientación
navarra, la filosofía coquinaria de Gayarre, de la mano de
su jefe de cocina, Miguel Ángel Revuelto, se orienta
hacia el Valle del Ebro, con inspiraciones netamente aragonesas
y aportaciones personales y creativas, basadas en una amplia experiencia
y un potente trabajo de investigación en productos y preparados.
Lo que en otros establecimientos suele ser un inconveniente,
es en Gayarre virtud. Alejado
del centro de la ciudad, pero bien comunicado por carretera, el
establecimiento ha sabido hacer de la tranquilidad una de sus mejores
bazas. "Coma despacio, por favor. Su mesa no está alquilada",
se puede leer al pie de sus cartas, y ello ha hecho que sea más
recomendable reservar la mesa, para no encontrarse con desagradables
sorpresas, como no poder sentarse.
Fue precisamente en el Gayarre
donde la humilde y aragonesa borraja, habitual en las mesas populares,
alcanzó categoría y pudo codearse con productos de
mayor alcurnia.
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